Maravillas senegalesas y otras cosas…..

Senegal te recibe con los brazos abiertos y te atrapa. Es lo que nos ha pasado. Llevamos 5 días enteros en el país y todavía estamos en Dakar. Las razones son sencillas. La primera se llama Saint Louis. Es una pequeña ciudad colonial al norte del país que posee un carácter propio. Sus gentes son alegres y están encantados de verte. Y si te sacan unos cefars, más todavía. La moneda oficial es el Franco CFA que responde a las siglas de Franco de Colonias Francesas de África, pero todos le llaman cefars. Allí fuimos buscando algún sitio en el que dormir y nos encontramos el Camping Ocean, que forma parte de un hotel, el Dior. Viniendo de Mauritania y habiendo dormido en una gasolinera el día anterior, este camping nos pareció el paraíso. Y decidimos quedarnos a descansar y recuperarnos del palizón de cruzar la frontera de Rosso. Piscina, acceso directo a la playa, sombra, tranquilidad, buena comida. Y nos gustó tanto que decidimos quedarnos un día más…

Estancia y relax... descanso en plena Aventura!!!

Estancia y relax… descanso en plena Aventura!!!

Fauna en pleno hotel, quien es el invitado???

Fauna en pleno hotel, quien es el invitado???

La “tortura” llegó al día siguiente. Nos metimos en el cuerpo un montón de kilómetros: 20 en total. Sí, no está mal escrito. 20, sin ningún cero de menos. Fue el recorrido que separa Saint Louis de un punto de encuentro de overlanders: el Zebrabar. Pensábamos que el paraíso estaba en el Ocean, pero nos habíamos equivocado. Llegamos allí para buscar consejo, pues habíamos leído que el propietario (un suizo llamado Martin) informaba de casi todo lo informable en Senegal. Así que allí nos plantamos. Después de hablar con él un buen rato y de quedarnos tranquilos con el tema de si renovar o no el Carnet du Passage en Doune (CPD) en Dakar con un límite de 48 horas, de qué hacer si nos paraba la policía y nos pedían papeles que no nos debían pedir, de si acceder a Gambia y salir era más fácil o más difícil que entrar en Senegal y unas cuantas cosas más nos sentamos a tomar un agua fresca.

Y nos quedamos maravillados con lo que vimos. Es inexplicable. No hay palabras. Se tiene que ver. Y lo vimos. Tan claro lo vimos que ninguno de los dos se atrevía a proponer lo que ambos deseábamos: quedarnos allí por lo menos una noche. No es solo el paisaje, con la laguna salada donde bañarte; ni las mesas al borde del agua en las que pasa un viento refrescante; ni los niños del poblado que comparten contigo risas y juegos sin pedir nada a cambio; ni siquiera los baños y las habitaciones para huéspedes que se integran en el paisaje perfectamente.

Sitios increibles , sus gentes, sonrisas, en definitiva sitios con un ambiente especial!!!

Sitios increibles , sus gentes, sonrisas, en definitiva sitios con un ambiente especial!!!

Es eso junto y el ambiente que se respira. Hablando con Martin nos comentó que él todo estuvo 25 años viajando por África (fue vendedor de coches que compraba en Europa y vendía en Túnez y Níger) y que sabía perfectamente lo que el aventurero busca cuando lleva días y días viajando. Y es cierto que lo sabe. Sin estrés de ningún tipo, en medio de un parque natural, sin luz eléctrica (solo placas solares), sin agua caliente “artificial”, sin internet, con hamacas por todas partes, con perros, con gatos, con sus hijos, con la laguna, con la naturaleza, con un torreón a modo de observatorio, con rayos y truenos, con calor, con viento, con arena, con sus amables trabajadores, con su acordeón, con sus charlas…
Le caímos bien. Cenamos juntos, con su hija mayor y su nueva pequeña, una senegalesa de 19 meses increíblemente alegre en proceso de adopción. Y cenamos todos los que allí estábamos tras un pequeño concierto que Martin dio con su acordeón y que es la llamada a los que tienen hambre. Por que en el Zebrabar tampoco hay radios que desgarren los oídos con música que no siempre apetece escuchar. La música la pone él cuando quiere. Y siempre acierta.

A la mañana siguiente nos despedimos con mucha pena. Casi tanta pena como ganas de volver cuando estemos de regreso. Y enfilamos hacia Dakar. Teníamos que parar en la capital para hacer visados. Necesitábamos el de Gambia, el de Guinea y el de Ghana. Pero decidimos ir al Lago Rosa, que está fuera de Dakar, a unos 30km al norte. Solo pensar en llegar al Lago Rosa con la furgo me ponía los pelos de punta. Y a cualquier aficionado y soñador de aventuras africanas, también. Allí es donde acababa el mítico Paris- Dakar. El auténtico. El que creó Thierry Sabine en 1979. Y allí llegamos al atardecer. Hicimos unas cuantas fotos para dejar claro que el Lago Rosa no es tan rosa como se veía en las llegadas del raid. Una segunda decepción, pues yo ya había estado en el lago hace unos cuantos años y tampoco lo pude ver rosa… En fin, quizás en otra ocasión.

Nos quedamos a dormir por la zona, llena de campings y hoteles. Escogimos uno de ellos por el que pasamos sin pena ni gloria. Sólo uno de los huéspedes del hotel (en Senegal hay muchos Hoteles-camping) nos alegró la estancia al interesarse en el proyecto que llevamos a cabo junto a Volkswagen Vehículos Comerciales. Ya era lunes, así que podíamos ir a las embajadas. Planificamos el desplazamiento con suficiente antelación, pero sin pensar (una vez más) que esto es África y que las cosas no se pueden planificar. Dakar capital nos recibió con un monumental atasco. Unas obras dificultaban aún más el denso tráfico de esta metrópolis. Una vez las pasamos, directos al centro. Nos plantamos en la puerta de la Embajada de Gambia… y estaba cerrada. Un chico que estaba por allí nos dijo que la habían trasladado al aeropuerto. Y que la de Ghana también estaba allí. Debíamos desandar unos 12 kilómetros para llegar al aeropuerto. Suerte que el tráfico era fluido.

Pero en el aeropuerto nos dicen que no, que la embajada de Gambia no está allí. Vueltas y más vueltas hasta encontrar un agente que se iluminó y nos envió a la ventanilla de Gambia Airlines, donde también nos dijeron en un primer momento que la embajada seguía estando en el centro. Insistimos hasta que cogieron el teléfono y llamaron a la embajada. Por suerte para nosotros (nos veíamos volviendo otra vez a Dakar) les dijeron que teníamos razón y que habían cambiado de ubicación. Nos enviaron “por aquí detrás”, dejando claro algo que ya venimos viendo desde que pusimos los píes en este continente: que los africanos no saben dar indicaciones. No hay nadie que te diga exactamente donde están las cosas. Te dicen: “sí, por allí está” o “si, sigue por aquí” o “está cerca de aquí”. Finalmente la encontramos junto a la de Ghana. Escogimos parar primero en la de Ghana, donde nos ponen problemas para darnos el visado al no vivir en Senegal. Ya os contaremos cómo termina la cosa…

Resignados, nos vamos a la de Gambia. Nos reciben, nos dan el formulario para los datos y nos hacen entrar en una sala para rellenarlo. A mi se me ocurre poner que necesitamos un visado de Transito. Al entregar lo papeles la chica nos dice que qué es lo que queremos, que si un visado de tránsito o uno de turismo. Como no vamos a estar más de 48 horas en Gambia le digo que uno de tránsito. “Muy bien” dice la chica. Bueno, toda esta conversación la tuvimos en inglés, que es el idioma oficial de Gambia… Volvemos a la sala. Perfecto por que tiene aire acondicionado, un lujo al que no estamos acostumbrados. Pero hablando, al final decido volver a hablar con la chica y pedirle que tache lo de Transito y ponga Turismo. Me suelta un sermón-bronca y me da de nuevo los formularios para volver a rellenarlos, pues según ella “se deben tener las cosas claras y no ir haciendo borrones”. “Claro, aquí sois todos muy ordenados y tenéis las cosas muy claras”, pensé para mis adentros. Me vuelvo a la sala. Otra vez rellenando formularios. Acabamos. Salgo de nuevo. Se los entrego y vuelvo a la sala a esperar turno. Un turno que llega 40 minutos después, cuando se abre la puerta y nos señalan. Nos levantamos y acudimos a la ventanilla de la chica de siempre. Nos dice que son 45.000 cefars cada uno. Lo pagamos y de nuevo a la sala. Tras otros 40 minutos de espera, se vuelve a abrir la puerta, nos entrega un recibo y nos dice que volvamos mañana, que hoy ya no nos lo dan. “Eso es tener las cosas claras”, volvía a pensar de nuevo para mis adentros. Pero no pasa nada. Poco a poco les vas cogiendo el pulso a este continente.

En Dakar no hay campings, así que nos buscamos un hotel cerca de la zona de las embajadas y encontramos el Maison Abaka, en Ngor Beach. Es punto de encuentro de surfistas y nos sale más barato que un camping con muchas más comodidades. Nos planteamos si no hemos estado haciendo el primo todo este tiempo… Aquí tranquilidad no hay mucha, pues está en frente de la playa y los juegos de los senegaleses no son precisamente tranquilos ni silenciosos, pero la verdad es que se está muy bien. También parece un refugio para animales. La propietaria, Isa, recoge todo lo que ve por la calle. Hay tres gatos más uno nuevo que recogió una noche, una perra muy curiosa, un pelícano juguetón (aunque a veces da miedo cómo “juega”), un mono y un loro. Todos recogidos de la calle. Aquí nos quedamos hasta recibir el visado de Gambia intentando, además, solucionar el tema de Ghana.

Final de otra etapa en nuestra aventura..

Final de otra etapa en nuestra aventura..

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